Sentimientos
No se puede mudar un sentimiento como quien cambia de ropa al amanecer.
No somos máquinas.
Somos latido, memoria y tiempo.
(Mey cruz)
A veces observamos la vida de otras personas y decimos: “Si yo estuviera en su lugar, haría esto o aquello”, sin saber que, al enfrentarnos a la misma situación, podríamos actuar exactamente igual. Así somos los seres humanos: tan predecibles y, al mismo tiempo, irrepetibles; tan comunes, pero profundamente complejos.
Los sentimientos y las emociones caminan de la mano. Ante una experiencia, nuestro cuerpo reacciona y nuestra mente interpreta. Parecen lo mismo, pero no lo son. Son correlaciones: dos variables que se influyen mutuamente, una dando forma a la otra.
Las emociones nacen de estímulos inmediatos, físicos o externos; los sentimientos, en cambio, son el eco que permanece, la huella que esos estímulos dejan en nosotros. Las emociones son efímeras, pasan como un instante; los sentimientos perduran, se alojan en el alma y moldean quiénes somos.
Por eso no es justo exigirle a nadie sanar rápido, olvidar pronto o sentir menos. Cada corazón tiene su propio tiempo, y cada proceso merece respeto.
A veces miramos la historia ajena con la ligereza de quien aún no ha caminado ese sendero
y decimos: “Yo lo haría distinto”,
sin saber que, al sentir el mismo peso en el pecho,
podríamos repetir los mismos pasos.
Somos humanos:
predecibles en nuestras heridas,
irrepetibles en la forma de sentirlas.
Comunes en apariencia,
complejos en el fondo del alma.
Las emociones llegan como relámpagos,
encienden el cuerpo, sacuden los sentidos.
Los sentimientos, en cambio,
se quedan a vivir dentro,
se transforman en cicatrices, en aprendizajes, en silencios.
La emoción pasa.
El sentimiento permanece.
Y entre ambos, se escribe la historia invisible de lo que somos.
Por eso, nadie sana igual,
nadie ama igual,
nadie olvida al mismo ritmo.
Cada corazón tiene su propio lenguaje,
y su propio tiempo para volver a la calma.

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